Fragmento 1: el baño

Eran pasadas las once cuando el gato se dispuso a ronronear y  darme golpecitos con su cabeza para despertarme, se me subió a la espalada y froto su rostro para anunciarme que ya era bastante tarde para su hora del almuerzo. Su nombre es Salterio.

No tardé mucho es espabilarme. Comencé a comer lo que quedaba en el frigobar de Leo y algunas galletas que quedaron solitarias dentro de sus propios empaques. Miraba girar la leche que se revolvía con el polvo de fresa mientras movía la cuchara, pensaba en Valparaíso y en ese trabajo de medio tiempo en el cual me exploto por placer ( por ese chico Hook, que vive a 2 cuadras del trabajo y no puedo dejar de mirar cuando entra a pedir un café).  Después de comer, paso al Baño, mi lugar favorito.

Cuelga detrás de la puerta un espejo ovalado, que cuando me veo pienso que estoy siendo retratada como para una fotografía de pasaporte, azulejos de flores  con tonalidades ocre, un diminuto lavabo color carmín; típico de los años setenta, colgando del techo un foco de 60 watts que tarda un poco en prenderse, porque no lo hemos cambiado desde que llegamos al apartamento. Un techo tan enorme y alto que me siento diminuta e indefensa cuando miro sus bordes de yeso y aquella mancha amarillenta que amenaza con ser un filtro por donde se forman goteras cuando llueve con fuerza en las temporadas de verano. Una puerta corrediza marca el limite entre la regadera y el escusado, hubiera preferido la cortina con dibujos de ostras y peces tropicales que me habían comprado mis padres cuando recién me mudaba, estaba de lo más mona. Adentro, también los azulejos cambian a ser pequeñas imágenes de un bosque de bambú, algunas revueltas y colocadas en diferentes ángulos. La ventanilla que deja ver hacia el exterior es pequeña y oxidada, con una manija para cerrar con fuerza desde dentro, mal pintada de un color azul que se ha vuelto gris con el tiempo. Cuando miro a  través de ella siento como si la vida ( la real que injustificadamente tenemos la desgracia, o el placer de  recorrer) estuviese a miles de kilómetros. Al ducharme me gusta dejar la ventanilla abierta para que salaga el vapor, que se lleva  ese fragmento que se separa de mí en el momento de caer el agua y el jabón. Lloro dentro de la ducha para no reflejar mi vulnerabilidad emocional, que nadie se entere que en la ducha me escondo de las demás críticas.

Quiero hacer una aclaración respecto al baño: No solamente es un lugar donde vas a orinar y a tomar la ducha, más bien es un espacio enteramente reflexivo donde, singularmente, uno se siente más tranquilo y no hay necesidad de ocultarle los modales a nadie. Quiero creer   que por eso los esposos que no pueden dejar los cigarrillos se encierran en el baño para poder disfrutarlos, o como dicen mis amigos, que es más rico tener sexo en un baño. Es un bunker estacionario, pequeño e inestable.

Velouria Western